Es una mañana soleada de abril del 2005 en Bogotá, camino por la carrera novena entre calles trece y doce, donde casi todos los almacenes pertenecen al gremio de los textiles. Me interesa visitar este sector a menudo y observar la singular forma de exhibir sus mercancías.
A un lado de la calle hay una constelación de almacenes que disponen sus telas en las vitrinas creando formas geométricas, rombos, cuadrados, diagonales, triángulos y un sinfín de posibilidades de exhibición que cautivaría a seguidores de una vertiente de la pintura abstracta de la década de los sesenta conocida como color field painting: grandes campos de color crean tensiones que, en este caso, se encuentran contenidas por el marco de las vitrinas.
Al otro lado de la calle se encuentran los almacenes de botones y adornos, cuya estrategia de exhibición hacia el exterior es apenas una extensión de los meticulosos sistemas de clasificación ubicados adentro del establecimiento. Una vez entro al almacén puedo apreciar sus paredes cubiertas de piso a techo por cientos de pequeños cajones, cada uno con un botón adherido, idéntico a los que guarda en su interior.
En este enorme archivo, el surtido de botones se organiza de acuerdo a parámetros como material, color y modelo: los de plástico, los de metal y los de carey, se disponen de los más péqueños a los más grandes, en modelos clásicos, estándar, modernos y toda una serie diseños que van de lo simple a lo barroco. Hay también pequeñas retículas con series de cuatro o cinco botones del mismo modelo, creando un orden similar al de las fichas de dominó, los dados y, porqué no, al de algunas obras de artistas conceptuales (Dan Graham, Joseph Kosuth) que trabajaron a partir de series y conjuntos numéricos.

Pero más allá de las similitudes con planteamientos artísticos –que las hay por doquier- lo que llama poderosamente mi atención de este lugar es el conjunto de exhibiciones que giran en torno a un tipo de mercancía específica: imágenes y objetos religiosos en la carrera quinta entre calles once y doce, sombrererías de la calle once entre carreras octava y novena, puestas en escena de ropa en el Pasaje Hernández y los almacenes cercanos como el Niagara.
Pienso en ellas como muestras temáticas que ofrecen una experiencia de Bogotá como constelación de exhibiciones. Es como si la ciudad fuese un enorme museo -en el sentido ampliado del término- donde todas estas exhibiciones nos hablan de dispositivos extra-artísticos de presentación y representación, prácticas de archivo, clasificación y recolección, orientados a seducir al espectador: aquellas exhibiciones de objetos que no están en el museo de arte o las galerías sino en la calle, en las vitrinas de los almacenes, en el espacio público de la ciudad.

