© 2006 Jaime Iregui perspectiva_calle13_final

Ciudad futura

Son las dos de la tarde de un día miércoles del mes de mayo, hora en que quedé de encontrarme con el arquitecto e historiador Carlos Niño en la carrera octava entre calles 12 y 13. A un lado está el Pasaje Hernández. Del otro el edificio Murillo Toro. La idea es hacer un recorrido por el pasaje peatonal que atraviesa el Murillo Toro y tomar la carrera séptima hasta la avenida Jiménez. Una vez llega Carlos, cruzamos la carrera octava, iniciamos el recorrido y le planteo una pregunta inicial:

En su libro ‘Arquitectura y Estado’ menciona la polémica que precedió la demolición del Claustro de Santo Domingo para construir en su lugar el Murillo Toro, ¿podría contarnos cómo se dio ese debate?

Carlos Niño: Con la propuesta de tumbar el Claustro de Santo Domingo se inicia un debate en que algunos defienden el patrimonio que representa el Claustro de Santo Domingo, y otros, liderados por el presidente Eduardo Santos, que querían tumbarlo. Para que “Santafé le abra paso a la moderna Bogota”, Santafé era la ciudad colonial, Bogotá la ciudad moderna. La polémica es fuerte y terminan imponiéndose Eduardo Santos y sus seguidores. Poco después, tumban el claustro. A comienzos de 1933.

¿Es cierto que para la construcción del Murillo Toro –(en 1938?)- trajeron al arquitecto italiano Bruno Violi, y que cuando llegó ya estaba construido casi en su totalidad?

Si, todo el proyecto inicial es de Hernando Gonzáles Varona, pero cuando contratan a Bruno Violi ya es muy poco lo que pueden hacer. Pero hubo una propuesta que siempre me ha llamado la atención y es la propuesta de José María Gonzáles Concha.  Decía: tumbemos el ala oriental del claustro para que ampliemos la carrera séptima, pero mantengamos dos o tres costados del patio para hacer una plazoleta. Con esto se había ampliado la séptima. Me hubiese gusta esa propuesta porque mantenía parte del claustro. Pero claro, muchos fariseos decían “si abre el claustro, ya no va a ser un claustro, entonces ¿para que conservarlo? mejor tumbémoslo”

Ese claustro en realidad, ni siquiera hubiera impedido hacer el Murillo Toro, porque mira que el Murillo Toro solo ocupó media manzana, se hubiera podido hacer la mole atrás, y el espacio de la carrera octava, medio inútil sería más bien el claustro de Santo Domingo, abierto como una plazoleta hacia la séptima.

Esa hubiera sido una propuesta como mas ‘contemporánea’, conservar el patrimonio y…

ampliar la séptima, porque en efecto había que ampliarla. Era muy estrecha y convertía la zona en un embudo.

Miremos el caso del Pasaje Hernández: no es arquitectura costosa, es ladrillo con cemento aplicado encima. No es mampostería de piedra, sin embargo, tiene capiteles, molduras, claves, cornisas, frontones, esto en 1920, era la imagen de Europa en contraposición a la casa con alero y teja de barro. Ese contraste y esa imagen eran Europa y la modernidad. Era dejar atrás España!

Eramos criollos, ya no éramos españoles

Ahora éramos pro-ingleses

Esta zona después se transformará mucho y se volverá el centro financiero de Bogotá. Allí donde se instalarán casi todos los bancos. La carrera octava se llamaba la calle Florián, si el Paseo Real era el centro comercial de almacenes, la Calle Florián era la calle de lo financiero, los negocios y por eso se vuelve de bancos. En la 14, en la esquina, donde es ahora la Bolsa, estaba el café Luís XV. El reloj era lo que lo identificaba. Lo tumbaron para hacer ese edificio de piedra alto que es la sede de la Bol

Esa modernidad tumba el claustro de Santo Domingo y después toma la séptima hacia el norte, como en una deriva… y queda este pasaje peatonal vacío.

Fíjate lo que te decía del zócalo, no hay actividad. Huele… ¿sientes el olor a mierda? No hay zócalo vivo, no hay puertas ni salidas. Alguna vez en la Universidad Nacional hicimos un proyecto para revivificar el zócalo y se volvía una serie de terrazas escalonadas con locales y cafeterías en el otro piso. Para darle vida a la calle. Ahora es un zócalo muerto, así se muere la ciudad. Sigamos por aquí y veras que hay diferentes cosas, basura, un orinal, un sanitario público y son las dos de la tarde. Vamos hacia la séptima

Si, pero por la escalera del Murillo Toro  para que no nos toque otra dosis de ‘zocalo muerto’.

De “zócalo muerto”… Si toda la séptima fuera así, seria la muerte de la calle.

La construcción del Murillo Toro, la ampliación de la séptima entre calles 12 y 16, y la posterior construcción de los edificios modernos, surgen luego de largos procesos de debate, tanto desde el Estado –para el caso del Murillo Toro- como desde la revista Proa. Una vez Proa ha logrado difundir el pensamiento de Le Corbusier, viene el “Bogotazo”. Altos funcionarios del gobierno proponen traer a Le Corbusier para que proponga un plan de reconstrucción, así como una propuesta general que haga de Bogotá una ciudad moderna. Los arquitectos de Proa responden señalando que aquí hay arquitectos formados de la Nacional que lo pueden hacer. Se inicia el gran debate que de alguna forma concluye con un plan distinto –se archiva el Plan de Le Corbusier y Rojas Pinilla y sus alcaldes desarrollan otro tipo de ciudad.

Si vemos los edificios de la séptima de Proa, vemos cómo no sólo hay uniformidad, sino calidad. Además tiene que haber una reglamentación que seguro decía: hay que dejar en la terraza alero, el edificio tiene que empatarse en los tres primeros pisos, después puede aislarse y puede subir doce. Entonces hay calidad formal y hay condición urbana, sin que sean edificios maravillosos.

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Costado oriental de la carrera séptima entre calles trece y dieciséis a la altura de la calle catorce. 03 2005

Esa coherencia y esa sencillez son, desde la colonia, lo mejor de nuestra arquitectura. Estos edificios son modestos, muy bien construidos, y muy para el lugar, sin que sea Nueva York, ni México, ni una ciudad de grandes riquezas, pues no hemos sido un país rico ni ostentoso.

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Costado occidental de la carrera séptima entre calles trece y dieciséis a la altura de la calle quince. 07 2005

Detengámonos en el alero. El alero no corresponde mucho a la arquitectura moderna. En la Maestría de la Nacional se hizo una tesis sobre la reconstrucción de Manizales después del incendio, el Manizales paisa antes de 1925 que tenía el alero, con cañas de madera y de un metro de largo que era muy útil para el peatón, sobretodo cuando estaba lloviendo. Daba protección. Pero también era protección de la fachada que muchas veces era de barro o de madera, deleznable, entonces el alero la protegía de la humedad. Pero cuando empieza la gente a viajar a Europa en el XIX y comienzos del XX, se hace arquitectura neoclásica de columnas, de molduras, de capiteles, de frontones y de ático. El ático es ese pequeño muro que cubre el tejado. Ya no hay alero sino que al final el edificio termina en cornisa y en el ático. Pero en Manizales, a comienzos de siglo, el alero paisa se empieza a considerar como algo viejo, anacrónico, poco moderno, y que para colmo, ese alero había ayudado a quemar la ciudad. No sólo era la imagen de anacronismo y pobreza, sino que además era peligroso y combustible.

La arquitectura  neoclásica, por el contrario, es de ático y seguiremos con el ejemplo de aquí a la 22, y a la 26 de áticos y no de alero. La arquitectura moderna es diferente porque lo primero que hace es romper las manzanas, no hay como aquí en la séptima manzanas de bloques cuadrados, sino que la arquitectura moderna en su principio general es como el Centro Nariño, grandes bloques sin pequeñas manzanas, una gran zona verde y bloques elevados sueltos como en Brasilia. La séptima en ese sentido no es plenamente moderna, porque tiene manzanas, tiene la esquina precisa y eso no es muy moderno. En el Plan de Le Corbusier se proponía el principio extremo de la ciudad moderna, es decir, tumbar todo entre la calle veintiséis y la calle tercera, la carrera tercera y la Avenida Caracas. En su lugar se proponían bloques de diez y quince pisos sueltos en una gran zona verde, como el Centro Nariño y eso hubiera sido fatal, y no tendríamos Candelaria hoy.

Afortunadamente no le pararon bolas y no se hizo esto, porque de lo contrario no tendríamos esta ciudad paramentada, que sigue la línea de las fachadas. Si no fuera paramentada, lo que tendríamos aquí sería un espacio libre y en el medio una torre. Sin embargo Le Corbusier planteaba mantener lo que en su plan piloto denominaba manzanas arqueológicas, es decir, de esa gran destrucción que él hacia del centro, dejaba –a lo largo de la séptima entre la Plaza de Bolívar y la 26- las manzanas existentes entre la 15 y la 24.

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Costado occidental de la carrera séptima entre calles 11 y 16. A la izquierda, el edificio Murillo Toro. 03 2004

En lo que posteriormente realizan los arquitectos de Proa, es respetar el hecho de que haya calles, pero con este tipo de arquitectura que, como ves, es sin el alero (imagen superior), los edificios que se hacen en el costado oriental de la séptima, están muy cercanos a los propuestos en el Plan de Reconstrucción de Bogotá de Proa.

Hay varios casos de este tipo de arquitectura en otros puntos de la carrera séptima. Están, por ejemplo, los edificios situados en el costado occidental de la séptima entre la Plaza de las Nieves y la calle 22, que guardan cierta homogeneidad de altura y tienen alero.

El alero es también terraza, y es eso precisamente lo que lo hace interesante, sobretodo en un ciudad como Bogotá, en la que solía llover bastante.

Qué arquitectos construyeron los edificios de la llamada ‘séptima de Proa’?

Los de la primera época de Proa: Cuellar, Serrano, Gómez; Pizano, Pradilla & Caro;, Obregón & Valenzuela; Esguerra, Saenz & Samper. Gabriel Serrano, Dicken Castro, Arturo Robledo, Jorge Arango, incluso los llaman la generación de Proa. Ellos son los que de alguna manera introdujeron esa modernidad en Colombia. Claro, y no sólo en el centro, sino en muchos de los barrios construidos en la década de los sesentas.

¿Qué proceso de traducción hubo en estos edificios con relación a lo que se hacía en Europa?

Fue una asimilación con rigor. Muchos arquitectos con ojo educado cuando llegan a Bogotá dicen: qué magnífica arquitectura!, y es magnífica porque encuentras rigor en la construcción. No éramos Panamá o Venezuela, con capacidad para importar toda la infraestructura, los materiales y el diseño. Éramos un país muy cerrado, modesto, y esa modestia se mantuvo hasta los narcos que importaron hasta la grifería de oro y el ornamento nuevo rico.

En nuestra arquitectura el rigor y lo moderno está muy bien expresado. Eso es lo que la caracteriza. No puedes decir que la arquitectura moderna es Alemana o es Francesa o es Norteamericana. La arquitectura moderna fue muy internacional. Si hubiera que definir un punto de nacimiento yo diría que es Alemania y es Berlín, pero es parcialmente cierto  porque Le Corbusier en Paris hace cosas y Wright en Chicago hace cosas, pero su núcleo inicial podía haber sido Berlín, con arquitectos como Walter Gropius, Mies Van der Rhoe, Bruno Taut, Erich Mendelson.

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Séptima con Avenida Jiménez en el Día del trabajo. A la izquierda, placas conmemorativas en el lugar donde asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán. 05 2006

Otro gran debate de Proa estuvo alrededor de la construcción del edificio del Banco de la Republica que consideraban todo un ‘adefesio’.

Allí quedaba el Hotel Granada, que arquitectónicamente era un gesto neoclásico como el del Pasaje Hernández. El problema es que estaba muy salido hacia el sur y para ampliar la avenida Jiménez había que tumbarlo.  No sé que cosa más se hubiera podido hacer, pero ese fue un golpe fuerte, porque el Hotel Granada era el corazón social de Bogotá, todas las tardes  en el grill del Hotel tocaban las orquestas de Lucho Bermúdez y Pacho Galán y la gente después de almuerzo o, a eso de las 5 de la tarde bailaba allí. Era un hotel muy importante, ademá el corazón de Bogotá no era la Plaza de Bolívar sino esta esquina. Porque en la época de la colonia esto era la Plaza de la Yerba, por aquí entraba la mercancía, aquí se dejaban los burros y las cosas.

Había un puente sobre el río, al cruzarlo se pasaba a lo que llamaban “Mundo Nuevo”.

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